Dejamos atrás la cueva más vista con una inmensidad de turistas a la puerta, y seguimos a nuestro destino que son unas cuevas de un granjero que las tiene en explotación. Después de un largo serpenteo por las laderas del monte, por unas pistas de grava, llegamos a un cercado y nos reparte unos cascos blancos con luz frontal. Nos hacemos foto de grupo a petición de los malayos.
Nos adentramos en la cueva, vamos viendo las formaciones
típicas, estalactitas, estalagmitas, toda la cueva está atravesada por un
pequeño río, aunque a lo lejos oímos ruido como de una cascada. Durante el trayecto nos hace apagar las linternas frontales en determinados lugares y vemos unos hilitos que cuelgan del techo y pequeños puntitos de luz sobre nuestras cabezas. Nos explica que son larvas de un insecto endémico de las cuevas húmedas de NZ, que se alimentan de otro montón de insectos que pululan por aquí, que atraen con sus luces, y a los que atrapan enredándolos en los hilillos.
Llegamos a un embarcadero donde hay una zodiak hermosa y la abordamos. Luces totalmente apagadas. El bote se mueve, no sabemos cómo avanzamos porque no lleva motor y el techo se llena de lucecitas, parece un firmamento, Es un adjetivo que vuelvo a repetir una vez más, impresionante.
Seguimos avanzando a oscuras viendo la grandiosidad del lugar, y estas luces nos hacen distinguir el sistema que utiliza el guía para nuestro desplazamiento. Un sistema de cuerdas fijas por encima de nuestras cabezas, de las que él va tirando. Y solo podemos sacar fotos cuando él nos lo indica y sin flash.
Giramos, avanzamos, retrocedemos, y siempre con ese cielo
estrellado sobre nosotros, entre expresiones de admiración por parte del
personal.
Después de más o menos un cuarto de hora largo, volvemos al
embarcadero y retrocedemos por la cueva y volvemos a ver los hilillos y formaciones curiosas.
Salimos al exterior y allí nos saca unos termos de agua caliente, café, té,
cola-cao, botellas de leche y dos latas grandes de pastas variadas. Los malayos
siguen tan simpáticos, vacilan un montón entre ellos y con nosotros. Acabado el amaiketako vamos caminando entre
unas formaciones rocosas que parecen piedras talladas que recuerdan a restos de
antiguas fortalezas pero que forman parte de esta naturaleza.
Llegamos a otra cueva esta vez sin cascos ni luces, es una
cueva seca según nos indican, por lo tanto aquí no hay gloworms.
En esta cueva hay más
estalactitas y estalagmitas, hay un ensanchamiento con altura que le llaman la
Catedral por la acústica y porque hay una formación que parecen los tubos de un
órgano.
Lo más importante
además de las formaciones calcáreas, son los restos de animales ya extinguidos,
que se han encontrado en su interior. Podemos ver el esqueleto de una cría de
Moa, un ave parecida al avestruz pero de 3 m. de altura.
También vemos un
insecto nocturno de unos 7/8 cm. que se llama Weta. Me alegré de ver este
insecto que yo creía extinguido y del que había leído en la Trilogía Maorí de
Sarah Lark.
Salimos de la cueva.
Jenny y yo que hemos hecho migas durante el
trayecto, intercambiamos direcciones, tiene intenciones de venir a conocer el
Norte de España, y a mí por supuesto que me gustaría conocer Malasia con una
cicerone como ella.
Una vez finalizada la visita que ha durado unas 4 horas, según lo previsto, comemos algo y nos vamos para Taupo, final de nuestra etapa de hoy.


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